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El Deseo

Yo no tenía entonces más que una noción bastante confusa de
lo que esuna «querida» y no vacilaba en elevar a Marta a esa
dignidad.
—Monta bien—pensé en seguida;—mi «hijo del rey» no sería
mejorjinete.
Y entonces me sorprendí al ver que me había erguido,
orgullosa y alegre,en mi silla, invadida por un indefinible
sentimiento de bienestar que mehacía correr un estremecimiento
por todo el cuerpo.
Roberto nada decía, pero con frecuencia se inclinaba hacia mí
y me hacíauna seña amistosa, como si juzgase prudente
consolidar nuestro pactocada cinco minutos: trabajo inútil, pues
nada estaba más lejos de miimaginación que la idea de
romperlo. Cuando hubimos trotado una mediahora a un paso
bastante vivo, detuvo su caballo y me dijo:
—¿Bueno, chiquilla?
—¿Qué hay, «grande»?
—¿Regresamos?
—¡Oh, no!
No estaba dispuesta a renunciar tan fácilmente a lo que me
llenaba deuna satisfacción tan completa.
—Entonces, ¡al bosque de Illowo!—dijo él señalando la
mancha azuladaque cerraba el horizonte a lo lejos.
Hice un signo afirmativo, y di tal latigazo a mi caballo, que
éste seirguió y partió dando saltos.
—¡Bravo, por la chica de quince años!—gritó él detrás de mí.
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