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El Deseo

Al ver mi semblante, Marta juntó las manos por encima de su
cabeza, yRoberto, que otra vez estaba sentado en la esquina del
sofá, envueltonuevamente en nubes de humo, exclamó:
—¿Has pasado la noche llorando o bailando?
—Bailando—repliqué,—en el Brocken con otras brujas.
—No se puede sacar una palabra racional de esta chiquilla,—
dijomoviendo la cabeza.
—A preguntas necias...—repliqué.
—¡Vaya! no volveré a abrir la boca—dijo riéndose;—de lo
contrario seme serviría desde por la mañana un plato de
necedades como en mi vida hecomido.
Marta me dirigió una mirada de reproche. Yo huí al fondo del
parque, allugar más sombreado, y oculté mi encendida cara
entre el fresco follaje.
Poco me faltaba para llorar.
—He ahí, pues, mi destino—me decía:—desconocida por todo
el mundo,aislada y desdeñada con mi corazón ardiente de amor,
marchitándome en mirincón sin que nadie me solicite, mientras
que en torno mío todo seentrelaza y satisface su pasión en
ardientes besos.
Sí, en sueño, había substituido tan bien a Marta en su amor,
que habíallegado a tomarme por la heroína: el desencanto no
podía hacerseesperar.
¡Si por lo menos a ellos dos se les hubiera ocurrido, más tarde,
seguirlos vuelos de mi imaginación! pero mientras más tiempo
Robertopermanecía entre nosotros, más observaba las relaciones
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