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El Deseo

religioso silencioalrededor del catafalco, comenzaban a agitarse
y a preocuparse de lacena.
La señora Hellinger, que recibía los pésames y ensalzaba con
granrefuerzo de lágrimas y de pañuelo las virtudes de la difunta,
se revelóde improviso, en medio de su dolor, ama de casa
previsora y de primerorden. Los invitados respiraron con alivio
cuando las puertas delcomedor se abrieron y, de una mesa
resplandeciente, asados, compotas yensaladas de arenques, les
enviaron sus sabrosos perfumes.
El viejo Hellinger, después de haber alabado al Señor, bebió
con algunosamigos privilegiados el vino superior que reservara
para la solemnidadde la noche. Pero no estaban de acuerdo
sobre si una inocente partida deBoston lastimaría el dolor
general, y resolvieron enviar una diputacióna la dueña de casa
para pedirle su autorización.
Había tanta vida y movimiento en casa de los Hellinger, que
parecía quese celebrara allí una boda.
El doctor, que no llegó sino muy tarde a la alegre reunión,
buscó portodas partes a Roberto con mirada ansiosa, sin
descubrirlo.
Entonces dirigiose en particular a uno de los invitados, le
preguntó silo había visto. Sí; había venido, había lanzado en su
derredor miradasextrañas y feroces, luego se había esquivado en
silencio cuando se letendía la mano. Minutos más tarde, se notó
su desaparición.
El doctor fue al vestíbulo y buscó, entre los abrigos de los
convidados,el de Roberto: todavía estaba allí.
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