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El Deseo

vellos blancos,cual un viejo granito por el musgo de Islandia.
Pero la costumbre, esaama imperiosa que, durante tantos años,
fuera indispensable o no, lohabía sacado de su cama antes del
amanecer, no le permitió descansar niaun entonces.
Suspiró, bostezó, se avergonzó de su pereza y tomó la
campanilla puestaa su cabecera, en la mesa de noche.
Su ama de llaves, vieja ruina, tan canosa y destruida como él,
aparecióen el umbral.
—¿Qué hora es, señora Liebetreu?—le gritó.
Al venerable reloj de la Floresta Negra que estaba colgado
cerca de lacama del doctor, y cuyo despertador estridente había
interrumpido más deuna vez de un modo desagradable sus
sueños de la mañana, no se le habíadado cuerda desde el día en
que el joven médico adjunto había llegado aGromowo, «para
que yo sepa bien—se complacía en decir el doctor—que enlo
sucesivo mi vida está en reposo.»
—Las ocho menos cuarto, señor doctor—respondió la anciana,
ocupándoseen arreglar la tapa de la estufa.
—¡Vaya! ¡vaya!—exclamó él, enderezándose.—¡Qué
perezoso me he vuelto!Y... ¿han llegado cartas?
—Sí, varias por correo y una que trajo personalmente el joven
señorHellinger hace dos horas.
—¡Pero, si hace dos horas, era todavía de noche!
—Sí; me dijo que tenía que ir hasta la granja y que no podía
esperarmás. Ya anoche, cuando el señor doctor estaba en El
Águila Negra,vino y se quedó esperando casi dos horas.
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