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El Deseo

ensanchabacomo si fuera a hacer estallar la gruesa capa gris que
lo encerrabadentro de sus pliegues.
Su estatura recordaba la del viejo Hellinger, quizá en mayor
proporción,y el rostro también presentaba una semejanza que no
podía engañar; perolas facciones, que en el padre habían
conservado, hasta bajo loscabellos blancos, una amable dulzura,
se habían acentuado en él enpliegues duros y graves que
indicaban, al mismo tiempo que la altivez,un humor sombrío y
siempre inquieto. Una barba rizada y desaliñadaenvolvía las
mejillas bronceadas con sus vellos rudos y enredados, yadquiría
en las extremidades de la boca un matiz más claro y caía sobreel
pecho en dos puntas de un rubio apagado.
Era Roberto Hellinger, el propietario de la granja de
Gromowo, elprometido de Olga.
De la felicidad que le había llegado la víspera, su frente no
dejabaadivinar gran cosa. Sus ojos grises, medio velados,
miraban fijamente alo lejos, y una arruga de inquietud le juntaba
sin cesar las cejas. Eraque sabía que tendría todavía mucho que
hacer antes de poder llevarse asu novia a su casa; largas horas de
luchas penosas lo esperaban, y lavictoria misma no le llevaría
más que inquietudes y tormentos. Volvía aver con el
pensamiento los tiempos difíciles que había atravesado, y
queapenas alumbraron algunos rayos de sol.
Hacía seis años ya que su padre le dejó solemnemente, en su
condición dehijo mayor, la granja, la antigua propiedad familiar,
para retirarse ala pequeña ciudad y llevar en ella una vida
apacible y cómoda. Desde esedía comenzó su vida de miseria,
pues desde entonces llevaba un yugo tanpesado, que sus mismos
hombros de gigante amenazaban romperse bajo lacarga: todo lo
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