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El Deseo

Pero la señora Hellinger, apretándose contra la puerta, suplicó
agrandes gritos a «su querido tesoro» que se despertara y abriera
ellamisma. Al fin, se consiguió apartarla y abrir la puerta.
Los tres se acercaron a la cama.
El rostro blanco como un mármol parecía mirarlos con sus
ojos vidriosos,medio cerrados, en los labios una sonrisa extática.
La encantadora cabeza, de líneas firmes y nobles, se inclinaba
un pocosobre el hombro izquierdo, y su abundante cabellera
suelta sedesparramaba en brillantes rizos sobre el fresco pecho
que la camisa denoche, desgarrada, dejaba en descubierto. El
botón de nácar, al cual seadhería un jirón de tela y que se había
quedado en el ojal, era lo únicoque indicaba que, antes de
dormirse, la joven había debido ser presa deuna violenta
agitación.
—Duermes, tesoro mío, dime que duermes,—dijo la señora
Hellingersollozando.—Dime que no has hecho semejante
afrenta a tu tía, a tuquerida tía que te ha criado y cuidado como a
su propia hija.
Y, al mismo tiempo que hablaba, se apoderó de la mano lívida
que colgabay trató de levantarla.
Su marido, más sensible, se había ocultado el rostro entre las
manos ylloraba.
El doctor no se dejó llevar por la emoción. Había sacado de su
bolsillosu estuche, y, rechazando a la señora Hellinger con un
ademán apenascortés, se inclinó sobre el pecho que, con un
movimiento brusco, habíadescubierto por completo.
Cuando se enderezó su rostro estaba mortalmente pálido.
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