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El Deseo

Es un hecho, Roberto me ama. Ha venido a pedir mi mano.
Ahora sé que hayuna expiación. ¡Ah, si estas torturas no
purificaran!
Jesús; ya no tengo en vos la ingenua fe de la infancia, pero
habéis sidohombre, habéis sufrido como yo; os imploro... pero
no, esto es locura,vuelve en ti, mujer, cálmate. ¿Acaso no hay un
descanso eterno en elcual puedes refugiarte libremente, si te
faltan las fuerzas parasobrellevar los dolores de esta existencia?
¿Quién te lo impide?
Me ama; lo he conseguido. Pero, para que me amara, ha sido
necesario queMarta pereciera y que yo me perdiera en un
abismo de crimen y devergüenza, del cual ningún poder del
Cielo ni de la tierra podríaarrancarme.
Estoy muerta; muertos también deben estar mis deseos y mis
esperanzas; ya mi sangre que se rebela, hierve y se agita cuando
pienso en él, sabrécalmarla por fuerza, si no...
¡Oh, qué actitud tenía delante de mí! Las palabras salían lentas
ytímidamente de sus labios; sus miradas plañideras, que
parecían implorarsocorro, buscaban las mías y sin embargo
apenas osaban desprenderse delsuelo; en su embarazo,
enroscaba entre sus dedos la extremidad de subarba y golpeaba
con el pie cuando no podía encontrar la palabra justa.¡Oh, pobre
niño grande, amado mío! ¿No viste que todo mi ser
meprecipitaba a tus brazos y ardía por permanecer en ellos
eternamente?¿No viste que mis labios temblaban de deseo de
posarse en los tuyos y dequedarse suspendidos de ellos hasta mi
último suspiro?
¿No viste nada de eso?
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