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El Deseo

Cuando a eso de las once, Marta exhaló el último suspiro, me
acometió unacceso de locura furiosa.
XXIII
En este instante llego de casa de Roberto.
Este se ha mostrado afectuoso y bueno para conmigo; he visto
brillar ensus ojos una tímida ternura, medio velada, que mi
corazón ha bebido conavidez. Me parece que una nueva
primavera se acerca: la risa y laalegría se despiertan en mi
corazón, y, cuando cierro los ojos, veobailar en torno mío
dorados rayos de sol.
Pero ¡basta de pensamientos de felicidad, basta de cobardía! Si
llega aamarme, ¡tanto peor para él! No me he prestado a ello;
¡no por cierto!Sería tan despreciable como una mujer perdida si
hubiera hecho eso.Desde mi curación, durante más de un año, he
dirigido su casa conlealtad y probidad, sin pretender agradarle,
sin desear serleindispensable. Y, sin embargo, he llegado a
serlo. Mi señora tía hatenido que reconocerlo ella misma, ella
que casi me impone suhospitalidad, no obstante el odio que
profesa a mi persona. Es demasiadobuena ama de casa, para no
saber que, sin mí, el hogar de su hijo sehabría arruinado durante
esos días de duelo, en que Roberto, absorbidopor su inmenso
dolor, permanecía inerte, indiferente a todo, aun alniño. Sin mí
el pobre pequeñuelo estaría desde hace tiempo bajo tierra.No
enumeraré todo lo que he hecho durante ese tiempo, todo lo que
haproducido mi trabajo: en verdad no me conviene desempeñar
el papel defarisea.
Tampoco hablaré de expiación; esta es una palabra demasiado
pomposa,detrás de la cual no se oculta ordinariamente sino una
miserablementira, una vana ilusión. ¿Cómo borrar la mancha
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