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El Deseo

Me levanté vivamente y me acerqué al espejo.
«He ahí, pues, la cara de una persona que desea la muerte de
suhermana»—dije al ver reflejado mi lívido semblante.
Y, sintiendo bruscamente asco de mí misma, di un golpe al
vidrio con elpuño; los dedos me sangraron, pero el espejo no se
rompió.
¡Insensata de mí! No sabía que en lo sucesivo el mundo entero
no seríapara mí sino el espejo de mi crimen.
¡Pero quizá no muera! Ese pensamiento, que se despertó de
pronto en micerebro, esparció en él una oleada de luz tal, que
cerré los ojos comocegada.
Y luego oí de nuevo gritar en mí: «¡Marta morirá y será tu
deseo lo quela habrá muerto!» Apreté los dientes y apoyándome
en la pared mearrastré hasta el cuarto de la enferma.
Llegué a la puerta y al no oír el menor ruido en el interior, me
dije:«Ya no encontrarás sino un cadáver.»
No, todavía vivía, pero la muerte había puesto ya en ese rostro
la marcade sus garras.
El cartílago de la nariz se destacaba más, los labios,
entreabiertos,dejaban ver los dientes inclinados, los ojos casi
desaparecían en elfondo de sus azuladas cavidades.
A sus pies estaban Roberto y el anciano médico. Roberto se
ocultaba elrostro entre las manos; los sollozos sacudían su
cuerpo. El anciano fijóen mí su mirada penetrante; por un
instante creí otra vez que leía hastael fondo de mi alma y que mi
falta se exhibía abiertamente ante él.Pero, cuando al verme
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