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El Deseo

El rostro de Marta estaba bañado por un matiz purpúreo; en
sus cabellosbrillaban pequeños resplandores, y la mano que
reposaba en la colcha,parecía iluminada por dentro.
Acerqué el biombo a su cama para evitar que el reflejo de la
luz lamolestara.
Vi entonces, suspendida del biombo, una corona de yedra que
no habíavisto hasta ese día, una corona igual a la que yo tenía
costumbre deenviar los días de gran fiesta a la tumba de mis
padres. Quizá proveníade allí. En ese momento parecía trenzada
de llamas; todo en ella tomabauna vida fantástica. Y, cuando la
miré con más atención, me parecía quese ponía a dar vueltas
lanzando una cascada de chispas, como unaverdadera girándula.
—Vamos, ahora vas a ponerte a tener visiones—me dije; y
traté derecobrar las fuerzas paseándome por el cuarto. Pero tuve
que apoyarme alos respaldos de las sillas, de tal modo me
tambaleaba. La respiraciónme faltaba.
¡Oh! ¡Ese olor de fenol, ese vapor dulzón, repugnante! Me
daba elvértigo, ponía como un velo sobre mis pensamientos y
esparcía unpresentimiento de muerte y de espanto.
El anciano doctor llegó; me miró a la cara y me ordenó, con
ese tono ala vez paternal y brusco que le era habitual, que saliera
en el acto arespirar aire fresco: él mismo cuidaría a la enferma
hasta mi regreso.
Quise resistir, pero él me empujó hacia afuera.
Si hubiera sospechado lo que me esperaba, no hay poder en el
mundo queme hubiera hecho pasar el umbral de ese cuarto.
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