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El Deseo

Mientras me hallaba ocupada en atenderla, durante una de esas
crisis, vide pronto junto a mí a la madre de Roberto.
Al observar su mirada envenenada, al verla retorcerse las
manos conafectación y bajar las extremidades de sus labios para
simular un dolorhipócrita, me viene de repente este
pensamiento:
«He aquí una que espera la muerte de Marta, que la desea.»
Una especie de velo rojo obscurece mi vista, mis puños se
crispan, pocofalta para que le arroje su crimen a la cara.
Y mientras esa idea me deja inmóvil y helada, ella me toma
por el brazoy trata de apartarme para colocarse a la cabecera de
Marta. Quizáesperaba intimidarme con ese proceder brutal.
—Querida tía—dije, desasiendo mi brazo,—ya le he hecho
notar a usteduna vez, que éste es mi lugar y que nadie en el
mundo me lo tomará. Leruego, pues, encarecidamente, que
limite sus visitas a las otrashabitaciones.
—¡Ah! ¡Eso es lo que vamos a ver, señorita!—gritó ella con
vozchillona.—Voy a preguntarle al dueño de esta casa quién
tiene másautoridad aquí, si su anciana y buena madre, o esta
aventurera polaca.
Y se retiró sin cesar de gritar.
Temblando de cólera, comencé a pasearme por el cuarto.
Nunca me habríaimaginado que esa madre abrumada por el
dolor pudiera cambiarse tanbrusca y completamente en una
arpía. No le faltaba más que expresarabiertamente sus deseos
más secretos.
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