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El Deseo

un sentimiento mástierno, una melancolía más dulce, parecen
saturar mi corazón. ¡Atrás,atrás, todo pensamiento lisonjero que
me hable de dicha y de paz! Estoydestinada a vivir sola y a
renunciar a los goces de este mundo, y sialguna vez lo olvido, la
historia de esos tres días sabrá hacermerecordarlo...
Cuando acerqué mi silla a la cama de mi hermana para
comenzar misfunciones de enfermera, la encontré dormida; pero
ese no era el sueñoque fortifica y prepara la convalecencia; era
un sueño que pesaba sobreella como una pesadilla y le cerraba
por fuerza los párpados. Cuando supecho se levantaba o se
bajaba, se habría dicho que obedecía a unafuerza extraña que lo
dilataba y lo comprimía alternativamente. Surostro pálido, color
de cera, surcado por venas azules, estaba mediohundido en las
almohadas y algunas delgadas guedejas rubias lo
cruzaban,semejantes a reptiles. Oculté mi cara entre las manos:
no podía soportarese espectáculo.
Las horas del día pasaron. Ella dormía, dormía sin pensar
endespertarse.
De vez en cuando oía afuera el paso ligero de las criadas;
aparte deeso, todo estaba silencioso y desierto en derredor
nuestro. De Roberto,ni trazas.
A mediodía no pude dejar de preguntar por su paradero. Le
habían vistopor la mañana salir a los campos, seguido por sus
perros. Y así, desdehacía horas, vagaba bajo la lluvia.
El reloj tocó las tres; en ese momento entró él, chorreando
agua, con lamirada empañada, los cabellos mojados, pegados en
desorden en su frente.
Debía haber sufrido horriblemente.
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