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El Deseo

Había querido parecer fuerte, pero las piernas se me doblaban.
Me asídel borde de la mesa para no caer.
—¡Vamos! ¡valor, valor!—murmuró él poniéndome la mano
en elhombro.—La fiebre, ese terrible huésped, está allí y no es
tan fácildespedirla.
Yo apreté los dientes: no quería que me viera temblar. Ya
había oídohablar con frecuencia del peligro de la fiebre
puerperal, aunque nopudiera formarme una idea de sus terrores.
—¿Roberto lo sabe?
Ese fue el primer pensamiento que me vino.
El doctor se encogió de hombros rascándose la cabeza.
—He tenido miedo de que perdiera la calma, no le he dicho
más que lamitad de la verdad.
—¿Y cuál es la verdad entera?
Y enderezándome lo miré en los ojos.
Él guardó silencio.
—¿Va a morir?
Cuando vio que yo encaraba en el acto con firmeza la
alternativa mástemible, respiró con mayor libertad. Pero no oí su
respuesta, pues, enel mismo instante en que pronunciaba con
tranquilidad aparente esashorribles palabras, vi desarrollarse
ante mis ojos con una terriblevivacidad aquella escena de mis
años de infancia en que Marta se mehabía aparecido tendida en
el sofá, semejante a un cadáver. Creí sentirque una mano de
muerta me hundía las uñas en el pecho; ante mis ojospasaron
relámpagos sangrientos; lancé un grito... luego creí oír que
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