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El Deseo

encanto que se pueden imaginar.Nada faltaba allí, de lo que mi
corazón más apreciaba antes. Sobre lacama caían cortinas de
flores encarnadas, semejantes a las que habíanabrigado mis
primeros sueños de niña; en el borde de la ventana
habíageranios y artanitas que yo siempre cultivaba; adornaban
las paredesalgunos cuadros sobre los cuales mis miradas
descansaban en otrostiempos al despertarme, y en los estantes
encontré los libros en quehabía aprendido las primeras nociones
del amor.
El drama de Ifigenia, que, en aquellos días claros y sin nubes,
habíasido mi poema predilecto, estaba abierto sobre la mesa.
¡Oh, bondad delCielo! ¡Cuánto tiempo hacía que lo había leído,
cuánto tiempo hacía quelo evitaba temerosamente, de tal modo
que la tranquila majestad de lasanta sacerdotisa hacía sufrir a mi
alma!
Entre las páginas del libro encontré la carta de que me había
hablado lacriada. Tuve un dulce presentimiento, el
presentimiento de que iba aencontrar una nueva prueba de
afecto inmerecido, y, rasgando el sobre,leí:
«¡Hermana muy querida!
»Cuando entres en este cuarto no podré desearte la bienvenida:
estaréenferma y quizá hasta mis labios se habrán cerrado para
siempre. Todo loencontrarás como tenías la costumbre de verlo
en casa; todo esto estabapreparado para ti, y te esperaba desde
hace mucho tiempo. Que sea eldolor o el gozo lo que te acoja en
el umbral de esta casa, descansa enpaz y duérmete con el
sentimiento de estar en tu casa. Esfuérzate enamar a Roberto,
como él mismo te amará. Entonces todo irá bien todavía,ya sea
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