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El Deseo

—He hecho comer antes al personal de la granja—dijo
Roberto,volviéndose hacia mí,—pues no he querido darte el
disgusto de ver carasextrañas.
Y, al decir esto, se dejó caer pesadamente en una silla, apoyó
la barbaen su mano y fijó la mirada en el salero.
—¡Pero tú no comes!—dijo al cabo de un instante.
Sacudí la cabeza: no habría sido capaz de comer un bocado,
aun cuando elhambre me desgarrara las entrañas. Su presencia
me paralizaba porcompleto.
Siguió un nuevo silencio.
—¿Cómo la encuentras tú?—preguntó él al fin.
—No sé—dije, violentándome para hablar,—si debo sentir
alegría oinquietud.
—¿Por qué inquietud?—preguntó bruscamente.
Y vi pasar por sus ojos un vago fulgor de angustia.
—Marta se atormenta a sí misma.
Me dirigió de pronto una mirada de inteligencia, una mirada
que decía:«¿Tú también lo sabes ya?» Luego levantó el puño
desperezándose y exhalóun suspiro. Su cabellera enmarañada le
caía sobre la frente y en lasextremidades de sus labios las
arrugas labradas por la amargura seacentuaban aún más.
Tuve miedo, miedo de mí misma. ¿Lo que acababa de decir no
parecía unaacusación a Marta, no lo invitaba a acusarla?
—Te ama demasiado—repuse, apretando los dientes.
Sabía que iba a hacerle mal y era lo que quería.
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