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El Deseo

Poco faltaba para la puesta de sol cuando bajé de la diligencia;
entrelas ruedas, las hojas muertas revoloteaban en pequeñas
trombas.
Mi corazón latía con violencia. Miré en torno mío. Creía ver
adelantarsea mi encuentro la gigantesca silueta de Roberto, pero
no había allí másque algunos papanatas que me miraron con los
ojos muy abiertos,extrañados de esa aparición desconocida.
Pregunté el camino al conductory, contando para lo demás con
las descripciones de Marta, me puse solaen marcha.
En las puertas bajas de las tiendas había grupos de personas
queconversaban. Por delante de mí, algunos paseantes
avanzabantranquilamente, a pasos lentos. Al acercarme se
detuvieron, me miraronde pies a cabeza como a un animal
curioso y, tan pronto como les di laespalda, oí detrás de mí
cuchicheos y risas ahogadas. Me invadió uncalofrío al observar
esa curiosidad malevolente de aldea.
Me sentí aliviada cuando vi alzarse frente a mí las torres de
lapuerta. Conocía muy bien esa puerta: Marta en sus cartas la
llamaba lapuerta del infierno, porque tenía que pasar por ella
cuando iba a laciudad, llamada por su suegra.
Al penetrar bajo la obscura bóveda, vi de improviso el
«castillo,» enmedio del arco de la puerta que le formaba como
una especie de marconegro.
Estaba apenas a una distancia de mil pasos. Las blancas
paredes de lacasa, que los rayos del sol poniente bañaban con un
matiz purpúreo,surgían de entre un grupo de árboles de
onduloso follaje. Los techoscubiertos de zinc relumbraban; se
habría dicho que de ellos caía unacascada de agua hirviente. Las
ventanas parecían lanzar llamaradas, ypor encima de la
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