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El Deseo

La veía sentada al sol en el balcón, inclinada sobre su costura;
la veíagozar del descanso de mediodía bajo los frondosos tilos
del jardín; laveía, mientras la voz de su marido retumbaba en el
patio y junto a ellala cafetera cantaba su dulce canción; la veía,
esperando que él entrase,seguir con mirada soñadora los copos
de nieve que revoloteaban en elaire.
Vivía así con ellos, mientras mis días se sucedían vacíos y sin
gozo,como los anillos de una cadena sin fin.
En el curso del tercer año, Marta me confió que el deseo más
ardiente deRoberto iba a realizarse, que la plegaria que tan a
menudo ella habíarezado en el silencio de la noche, había sido
oída: se sentía madre.Pero al mismo tiempo crecía en ella el
temor de que su frágil y débilcuerpo no pudiera soportar la
grave prueba que la esperaba. Yo compartíasu esperanza y sus
temores; quizá estaba aún más inquieta que ella, puesla soledad
y la distancia abultaban y desfiguraban las escenas quecreaba mi
imaginación.
Más de una vez por la noche me desperté con la cara bañada
en lágrimas,pues la había visto ya muerta en sueños. Un
recuerdo de los primerosaños de mi juventud me volvía a la
memoria: la había encontrado un díatendida en el sofá, rígida,
pálida, semejante a un cadáver, y no podíaapartar esa imagen de
mi pensamiento. Mientras más se acercaba elmomento crítico,
más me consumía la inquietud. Mi salud comenzaba aresentirse
de las extravagancias de mi cerebro, y las personas extrañasentre
las cuales vivía—no pronunciaré su nombre, no merece figurar
enestas páginas—no existieron ya para mí sino como fantasmas.
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