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El Deseo

Ambos reposaban entonces en el cementerio, Marta y yo,
huérfanas,abandonadas, nos quedamos en la granja desierta,
esperando el momento enque se nos expulsaría. Por mi parte
sabía el camino que tenía queseguir, sabía que el porvenir no me
ofrecía otra perspectiva que la deganar duramente mi pan al
servicio de otros. No vacilaba y no discutíacon mi destino: tenía
suficiente energía, suficiente orgullo para vivirsola aun en el
extranjero. Pero temblaba por Marta, que, menos quenunca,
podía vivir sin consuelo ni afecto.
El día de su casamiento parecía todavía muy lejano. Roberto
no podíahacerla esperar mucho más sin exponerse a verla
extinguirse un díaagotada por la pena, como una lámpara que ya
no tiene aceite.
No me equivocaba en mis cálculos. Él no había podido asistir
a losentierros, sin embargo, cada vez había mandado una
palabra de consuelo aMarta para ayudarla a pasar las horas más
penosas. De vez en cuandocaían de sus cartas algunas migajas
para mí, de las cuales me apoderabacon avidez, como quien se
siente morir de hambre.
Un día, él mismo se presentó.
—¡Esta vez vengo a buscarte!—le gritó a Marta.
Ella se dejó caer sobre el pecho de Roberto y lloró. ¡Cuán feliz
era!Pero yo me retiré al emparrado más sombreado del jardín y,
abandonándomea mis reflexiones, me pregunté si mi corazón no
tendría también algúndía un hogar en que pudiera refugiarse
tanto en las horas felices comoen las horas de angustia. Bien
sentía que esos eran vanos sueños, puesel único lugar en el
mundo... en fin, sentí nacer en mí un orgullo y unaamargura
tales, que todo mi ser se llenó de hiel, y me desprendí
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