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El Deseo

Y de pronto, estábamos en uno de esos párrafos en que él me
rogabaencarecidamente que cuidara a Marta, que velara sobre
ella, ésta sesintió abrumada bajo el peso de su felicidad, y, me
ruborizo al decirlo,se dejó caer delante de mí y apoyó sus labios
en mi mano.
Pero, por violenta que fuera mi emoción, ya no sentía trazas de
esedolor punzante que, hacía poco todavía, junto al árbol de
Navidad, meoprimía el corazón. Había cancelado mi deuda y
fue en completa libertad,con el corazón aligerado, como me juré
velar en lo sucesivo como unángel tutelar sobre mi hermana
que, mucho más que yo, niña simple y sinexperiencia,
necesitaba apoyo y protección.
Y ella lo sintió también, pues, aunque hasta entonces me
hubiera tratadocomo a una criatura, se abandonó a mi dirección
sin resistencia.
Al fin había conseguido lo que deseaba mi corazón. Existía un
ser humanoa quien podía mimar y acariciar a mi gusto, y como
entonces nada nosseparaba ya, dediqué a mi hermana toda la
ternura que durante tantotiempo había dormido inactiva en el
fondo de mi alma.
No fue poca la sorpresa de mi padre y de mi madre al ver en
nuestrasrelaciones, que en los últimos tiempos sobre todo
dejaban mucho quedesear, esa intimidad, esa cordialidad
nuevas, y a la misma Marta le eradifícil acostumbrarse a ello.
Me miraba siempre con extrañeza y decía a menudo:
—¡Cómo habría podido adivinar nunca que había en ti tanto
afecto!
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