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El Cuarto Poder

a la turba alborotadora. Del techo pendía unaaraña, cuajada de
pedacitos de vidrio en forma prismática, con luces deaceite. Más
adelante se substituyó éste con petróleo, pero yo no alcancéa ver
tal reforma. Debajo de la escalera que conducía a los palcos
habíaun nicho cerrado con persiana que llamaban «el palco de
don Mateo». Deeste don Mateo ya hablaremos más adelante.
Pues ha de saberse que en tal lacería de teatro se representaban
losmismos dramas y comedias que en el del Príncipe y se
cantaban las óperasque en la Scala de Milán. ¿Parece mentira,
eh? Pues nada más cierto.Allí ha oído por vez primera el
narrador de esta historia aquellasfamosas coplas:
Si oyes contar de un náufrago la historia,
Ya que en la tierra hasta el amor se
olvida...
Por cierto que le parecían excelentes, y el teatro una maravilla
de lujoy de buen gusto. Todo en el mundo depende de la
imaginación. Ojalá latuviese tan viva y tan fresca como entonces
para entretenerles a ustedesagradablemente algunas horas.
También ha visto el Don Juan Tenorio. Ysus difuntos untados
de harina de trigo, su comendador filtrándose poruna puerta
atada con cuerdas, su infierno de espíritu de vino y suapoteosis
de papel de forro de baúles, le impresionaron de tal modo
queaquella noche no pudo dormir.
En la sala pasaba, poco más o menos, lo mismo que en los más
suntuososteatros de la Corte. No obstante, por regla general se
atendía más alespectáculo que en éstos. Aun no habíamos
llegado a ese grado superiorde perfeccionamiento, mediante el
cual las acciones deben formar gratocontraste con el lugar donde
se ejecutan; verbi-gracia, charlar en losteatros, reirse en las
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