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El Cuarto Poder

Obras de Palacio Valdés
CAPITULO PRIMERO
se levanta el telón, por esta vez sin metáfora
En Sarrió, villa famosa, bañada por el mar Cantábrico, existía
hacealgunos años un teatro no limpio, no claro, no cómodo, pero
que servíacumplidamente para solazar en las largas noches de
invierno a suspacíficos e industriosos moradores. Estaba
construído, como casi todos,en forma de herradura. Constaba de
dos pisos a más del bajo. En elprimero los palcos, así llamados
Dios sabe por qué, pues no eran otracosa que unos bancos
rellenos de pelote y forrados de franela encarnadacolocados en
torno del antepecho. Para sentarse en ellos era forzosoempujar el
respaldo, que tenía bisagras de trecho en trecho, y levantaral
propio tiempo el asiento. Una vez dentro se dejaba caer otra vez
elasiento, se volvía el respaldo a su sitio y se acomodaba la
persona delpeor modo que puede estar criatura humana fuera del
potro de tormento.En el segundo piso bullía, gritaba, coceaba y
relinchaba toda la chusmadel pueblo sin diferencia de clases, lo
mismo el marinero de altura queel que pescaba muergos en la
bahía o el peón de descarga; la señá Amaliala revendedora igual
que las que acarreaban «el fresco» a la capital.Llamábase a
aquel recinto «la cazuela». Las butacas eran del
mismoaborrecible pelote que los palcos y el forro debió ser
también del mismocolor, aunque no podía saberse con certeza.
Detrás de ellas había, a laantigua usanza, un patio para ciertos
menestrales que, por su edad, sucategoría de maestros u otra
circunstancia cualquiera, repugnaban subira la cazuela y juntarse
 
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