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El Cuarto Poder

—Cuatro mil quintales.
—¿Escocia?
—No; todo Noruega.
—¿Viene a bordo el señorito de las Cuevas?
Don Rosendo no contestó. Al cabo de un momento de marcha
cada vez másprecipitada, se volvió diciendo:
—A ver; es necesario avisar a don Melchor que está entrando
laBella-Paula.
—Yo iré—respondió un marinero destacándose del pelotón y
marchando ainternarse otra vez en el pueblo.
Llegaron al muelle. La noche estaba fría, sin estrellas: el
vientoacostado: la mar en calma. Dejaron el antiguo y diminuto
muelle y sedirigieron a la punta del Peón recién construída que
avanzaba bastantemás por el mar. Brillaba en la obscuridad tal
cual farolillo de losbarcos anclados. Apenas se advertía la
espesa red de su jarcia. Loscascos aparecían como una masa
negra informe.
Los recién llegados no vieron un grupo mucho mayor de gente
que seapiñaba en la punta misma del malecón hasta que dieron
sobre él. Todosguardaban silencio con los ojos puestos en el
mar, esforzándose poradvertir entre las tinieblas las maniobras
del buque. Las olas, querompían blandamente contra las peñas
más próximas, blanqueaban de vezen cuando en la obscuridad.
—¿Dónde está?—preguntaron varios de los espectadores del
teatrosacándose los ojos por ver algo.
—Allí.
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