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El Cuarto Poder

comparsas en elteatro. El baile se terminó al fin sin más
incendios.
Una vez sepultados de nuevo en el Averno los demonios que
se habíansalvado de la quema, se presentaron en la escena un
gallardo mancebo, deoficio pastor, a juzgar por el pellico que le
tapaba la espalda, y unahermosa doncella de idéntica profesión.
Los cuales, en el mismo punto,siguiendo el antiguo precepto que
obliga a todo pastor a estar enamoradoy a toda pastora a
mostrarse esquiva, comenzaron su diálogo, donde lasquejas
amorosas y los tiernos lamentos de él contrastaban con
lasindiferentes carcajadas de ella. Alegres y regocijados se
hallabantodos, lo mismo los del patio que los de la cazuela, con
las sabrosasrazones que pasaban en la escena, cuando a la puerta
del teatro se oyóuna gran voz que dijo:
—Don Rosendo, está entrando la Bella-Paula.
El efecto que aquel inesperado grito produjo, fué inexplicable.
Porqueno sólo don Rosendo se levanta como impulsado por un
resorte y seapresura con mano trémula a ponerse el abrigo para
salir, sino que portodo el concurso se esparció un fuerte rumor
acompañado de vivaagitación que estuvo a punto de interrumpir
el diálogo pastoril. Losmenestrales del patio lanzáronse acto
continuo a la calle. De la cazuelabajaron con fuerte traqueteo
casi todos los marineros que allí había. Yde los palcos y butacas
salieron también numerosas personas. A los pocosminutos no
quedaban apenas en el teatro más que las mujeres.
Cecilia se había quedado inmóvil, pálida, con los ojos
clavados en laescena. Su madre y hermana la miraban en tanto
con semblante risueño.
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