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El Comendador Mendoza - Obras Completas - Tomo VII

hechos reales, y me animó á que siguiesecultivando el género. Esto nos movió á hablar del Comendador
Mendoza.
—¿El vulgo —dije yo,— cree aún que el Comendador anda penando,durante la noche, por los desvanes de
la casa solariega de losMendozas, con su manto blanco del hábito de Santiago?
—Amigo mío —contestó D. Juan,— el vulgo lee ya
El Citador
y otroslibros y periódicos librepensadores. En la incredulidad, además, estácomo impregnado el aire
que se respira. No faltan jornaleros escépticos;pero las mujeres, por lo común, siguen creyendo á pie
juntillas. Losmismos jornaleros escépticos niegan de día y rodeados de gente, y denoche, á solas,
tienen más miedo que antes de lo sobrenatural, por lomismo que lo han negado durante el día. Resulta,
pues, que, á pesar deque vivimos ya en la edad de la razón y se supone que la de la fe hapasado, no hay
mujer bermejina que se aventure á subir á los desvanes dela casa de los Mendozas sin bajar gritando y
afirmando á veces que havisto al Comendador, y apenas hay hombre que suba solo á dichos
desvanessin hacer un grande esfuerzo de voluntad para vencer ó disimular elmiedo. El Comendador,
por lo visto, no ha cumplido aún su tiempo depurgatorio, y eso que murió al empezar este siglo.
Algunos entienden queno está en el purgatorio, sino en el infierno; pero no parece naturalque, si está
en el infierno, se le deje salir de allí para que venga ámortificar á sus paisanos. Lo más razonable y
verosímil es que esté enel purgatorio, y esto cree la generalidad de las gentes.
—Lo que se infiere de todo, ora esté el Comendador en el infierno, oraen el purgatorio, es que sus pecados
debieron de ser enormes.
—Pues, mire V. —replicó D. Juan Fresco,— nada cuenta el vulgo determinante y claro con relación al
Comendador. Cuenta, sí, mil confusaspatrañas. En Villabermeja se conoce que hirió más la imaginación
popularpor su modo de ser y de pensar que por sus hechos. Sus hechos conocidos,salvo algún extravío de la
mocedad, más le califican de buena que demala persona.
—De todos modos, ¿V. cree que el Comendador era una persona notable?
—Y mucho que lo creo. Yo contaré á V. lo que sé de él, y V. juzgará.
Don Juan Fresco me contó entonces lo que sabía acerca del Comendador
Mendoza. Yo no hago más que ponerlo ahora por escrito.
II
Don Fadrique López de Mendoza, llamado comunmente el Comendador, fuéhermano de don José, el
mayorazgo, abuelo de nuestro D. Faustino, áquien supongo que conocen mis lectores.
Nació D. Fadrique en 1744.
Desde niño dicen que manifestó una inclinación perversa á reírse de todoy á no tomar nada por lo serio.
Esta cualidad es la que menos fácilmentese perdona, cuando se entrevé que no proviene de ligereza, sino de
tenerun hombre el espíritu tan serio, que apenas halla cosa terrena y humanaque merezca que él la
considere con seriedad; por donde, en fuerza de laseriedad misma, nacen el desdén y la risa burlona.
Don Fadrique, según la general tradición, era un hombre de este género:un hombre jocoso de puro serio.
Claro está que hay dos clases de hombres jocosos de puro serios. Á unaclase, que es muy numerosa,
pertenecen los que andan siempre tan serios,que hacen reir á los demás, y sin quererlo son jocosos. Á otra
clase,que siempre cuenta pocos individuos, es á la que pertenecía D. Fadrique.Don Fadrique se burlaba de
la seriedad vulgar é inmotivada, en virtud deuna seriedad exquisita y superlativa; por lo cual era jocoso.
Conviene advertir, no obstante, que la jocosidad de D. Fadrique rara veztocaba en la insolencia ó en la
crueldad, ni se ensañaba en daño delprójimo. Sus burlas eran benévolas y urbanas, y tenían á menudo
ciertobarniz de dulce melancolía.
El rasgo predominante en el carácter de D. Fadrique no se puede negarque implicaba una mala condición:
la falta de respeto. Como veía loridículo y lo cómico en todo, resultaba que nada ó casi nada respetaba,sin
poderlo remediar. Sus maestros y superiores se lamentaron mucho deesto.
Don Fadrique era ágil y fuerte, y nada ni nadie le inspiró jamás temor,más que su padre, á quien quiso
entrañablemente. No por eso dejaba deconocer y aun de decir en confianza, cuando recordaba á su
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