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El Arroyo

hubiera dado así consejos á los legisladores, transformadosbien pronto en opresores de la humanidad,
¡cuánto bien no ha hecho sobreella en favor de los que sufren en la tierra, para darles energía,consolarlos en
las horas de desgracia y fortalecerlos para la granbatalla de la vida! Si los oprimidos no hubieren tenido
donde templarlas energías y crearse un alma fuerte contemplando la tierra y susgrandes paisajes, la
iniciativa y la audacia hubieran muerto ha muchossiglos. Todas las cabezas se hubieran inclinado ante unos
cuantosdéspotas y todas las inteligencias hubieran caído en una indestructiblered de sutilezas y mentiras.
En nuestras universidades é institutos, muchos profesores, sin saber loque hacen ó creyendo hacer bien,
intentan disminuir el valor de lajuventud educando la fuerza y la originalidad según sus propias
ideas,imponiendo á todos la misma disciplina y mediocridad. Existe una tribude pieles rojas en la que las
madres intentan hacer hijos paraconsejeros y para la guerra haciéndoles inclinar la cabeza haciaadelante ó
hacia atrás por medio de sólidos instrumentos de madera yvendajes apropiados; lo mismo que esta tribu
existen pedagogos que seconsagran á la obra funesta de fabricar cabezas de funcionario y otroscargos, lo
cual consiguen, desgraciadamente, con harta frecuencia. Peropasan los diez meses de cadena, los diez
largos meses de estudios, yllegan los días felices de vacaciones: la juventud adquiere su libertad;vuelve al
campo, ve nuevamente los álamos del prado, los árboles delbosque, y la fuente sobre cuyas aguas flotan ya
las primeras hojasamarillas que el otoño marchita; llenan sus pulmones con el aire puro dela campiña,
renuevan su sangre, fortalecen un cuerpo y todos losaburrimientos de la escuela serán insuficientes para
hacer quedesaparezcan del cerebro los recuerdos de la naturaleza libre. Que elcolegial salido de la cárcel,
escéptico y extenuado, se aficione áseguir el tortuoso sendero que bordea al arroyo, que contemple
losremolinos de las aguas, que separe las hojas ó levante las piedras paraver salir el agua de los pequeños
manantiales, y este ejercicio le harámuy pronto sencillo de corazón, jovial y cándido.
Y lo mismo que sucede á los jóvenes sucede á los pueblos en suadolescencia. A miles, los sacerdotes y
directores de las naciones,pérfidos ó llenos de buenas intenciones, se han armado del látigo y
lamordaza, ó bien, con mayor habilidad se han limitado á hacer repetir entodos los siglos las ideas de
obediencia con objeto de matar lasvoluntades y envilecer los espíritus; pero, afortunadamente, todos
esos
pastores
que han querido esclavizar al hombre por el terror, laignorancia ó la aplastante rutina, no han
conseguido crear un mundo á suimagen, no han podido hacer de la naturaleza un gran jardín de
olorososnaranjos, con árboles retorcidos en forma de monstruos y de enanos, convalles cortados como
figuras geométricas y rocas talladas á la últimamoda. La tierra, por la magnificencia de sus horizontes,
las frescurasde sus bosques y la pureza de sus fuentes, ha sido y continúa siendo lagran educadora y no
ha cesado de llamar á las naciones á la armonía y ála conquista de la libertad. Tal monte cuyas nieves y
hielos aparecenen pleno cielo por encima de las nubes, tal bosque en el que el vientoruge, ó tal
riachuelo que corre susurrante por prados y valles, hanhecho con frecuencia mucho más que
formidables ejércitos por la libertadde un pueblo. Así lo sintieron los antiguos vascos, nobles
descendientesde los íberos, nuestros abuelos: por el anhelo de libertad y altivavalentía, construían sus
residencias al borde de las fuentes, á lasombra de los grandes árboles, y más aún que su fiereza, el
amor á lanaturaleza aseguró durante siglos su independencia.
Nuestros otros antepasados, los arios de Asia, adoraban las aguascorrientes, y desde el origen de las edades
históricas, fueron objeto deun culto verdadero. Vivían en la salida de los hermosos valles quedescendían de
Palmira, el «techo del mundo», sabían utilizar todos lostorrentes de agua clara dividiéndolos en numerosos
canales,transformando así en fértiles huertas sus áridas tierras, y si invocabaná las fuentes, si las ofrecían
sacrificios, no era sólo porque el aguafertilizaba sus campos y hacía crecer sus árboles y calmaba la sed
deellos y sus ganados, sino también, según decían, porque el agua purificaá los hombres, equilibra las
pasiones y calma los «deseos desmedidos».El agua era quien les evitaba los odios y furias insensatos de
susvecinos, los semitas del desierto, y ella era quien les había salvado dela vida errante fecundando sus
campos y alimentando sus cultivos; á elladebían el haber podido fijar la primera piedra del hogar, y luego,
lapoblación y la ciudad, ensanchando así el círculo de sus sentimientos ysus ideas. Sus hijos, los helenos,
comprendieron la importancia del aguay su influencia decisiva en el origen de las sociedades, según más
tardedemostraron construyendo un templo y levantando la estatua de un dios alborde de cada una de sus
fuentes.
Hasta entre nosotros, últimos descendientes de los arios, subsiste enalgunos puntos un resto de la antigua
adoración á las fuentes. Despuésde la muerte de los antiguos dioses y la destrucción de sus templos,
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