JUAN.
Si consigo arreglar mis asuntos, me marcharé esta misma
semana.Adiós por última vez.»
Del fin que tuvieron los desordenados amores de don Quintín
y delprincipio de su cautividad
Vuela pensamiento y diles
a los ojos que más quiero
que hay dinero.
Esto, poco más o menos, pensó don Quintín, sin haber leído al
granQuevedo, cuando recibió los cincuenta duros que don Juan
le enviara conpretexto de hacerle su representante, y en realidad
por esperanza deconvertirle en alcahuete.
Lo triste del caso fue que aquellos mil reales que el
estanqueroconsideró como el primer filón de una mina quedaron
reducidos a latriste condición de prólogo sin libro y preludio sin
ópera.
He aquí cómo y por qué.
Tornar don Quintín los cincuenta pesos y correr a casa de
Carola todofue uno; treinta regaló a su querida, regiamente, de
un golpe; con unbillete de veinte, ocultándolo en el forro del
hongo, se quedó él parasatisfacción de atrasos y menudencias.
Los seiscientos reales cayeron enmanos de la corista igual que
agua en criba, y no fue lo peor que losderrochara en cuatro días,
sino que, engolosinada con tal esplendidez,llegó a sospechar si
su amante habría descubierto modo de convertir losperros
chicos en centenes.
