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asufrir adversidades, escasez, pobreza, y hubieran llegado hasta versemiserables, si la muerte, que esta vez llegó a tiempo, no atajara susdesdichas. Ambos murieron con pocas semanas de diferencia, dejando en elmundo una niña de diez años, fruto de su amor, la cual tuvo por únicaherencia el despejo y la hermosura de su madre. Recogió a Cristeta unatía, casada, hermana de aquélla, que tenía estanco en uno de los sitiosmás céntricos de Madrid; y aunque las malas lenguas del barrio dijeronque el amparar a la huérfana fue arbitrar medio de tener persona deconfianza que ayudase al despacho, es lo cierto que no sólo no sufriómalos tratos la niña, sino que hasta fue acogida con cariño y enviada ala maestra, donde aprendió a leer, escribir, contar, bordar y coser,pasando luego a encargarse del mostrador, hecha ya una mocita muy mona,y tan lista, que jamás se equivocaba en dar las vueltas, ni recibíamoneda falsa, ni trabucaba los sellos de las cartas. Sus tíos no lamataban a trabajar; antes al contrario, le concedían permiso para salirde paseo los domingos con sus amiguitas, y la tenían limpia ydecentemente vestida; limpieza y decencia que, según Cristeta fuecreciendo, comenzaron a convertirse en extraordinario aseo y primorosogusto. [1] El autor había escrito manguitos. La Academia dice mangotes. ¡Paciencia! (N. del E.) Mientras ella despachaba sellos y cigarros, su tía permanecía junto almostrador, en invierno haciendo calceta con el gato en la falda ypuestos los pies en la tarima del brasero; en verano dormitando oabanicándose, y en todo tiempo celosa de que ningún comprador sostuvieraconversación larga o palique peligroso con la chica, que ya exigíaaquella vigilancia, porque según se iba desarrollando, aumentaba elnúmero de los que la ![]() |
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