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Dulce y Sabrosa

traía entre manos; porque laaventura con Mariquita, que para él
fue simple pecado de pensamiento,semejante a la delectación
morosa que dicen los teólogos, a la vieja lepareció adulterio
consumado. A fin de tenerle más sujeto, dispuso aquelTetrarca
con faldas que la criada hiciese los pocos recados que en lacasa
se ofrecían; buscó y pagó persona que acudiese a los
centrosoficiales de donde había que recoger las sacas del tabaco
y los pedidosdel papel sellado; obligó a su esposo a encargarse
de la venta desde quese abría hasta que se cerraba el estanco
para que no tuviera momentolibre, y, finalmente, decidió pasar
el día sentada junto al mostrador,en continua vigilancia, con
propósito de morder y arañar a quien sepresentase trayendo
carta o recado sospechoso. Tan horrible fue elcautiverio, que el
infeliz llegó a no poner los pies en la calle sinolos domingos y
fiestas de guardar, a primera hora, cuando su esposa lellevaba a
misa, sacándole a que tomase el aire, como las doncellas
deservir sacan a los perritos falderos para que no empuerquen
lasalfombras.
Don Quintín pasó muy triste la primera quincena (desde que se
habíaidentificado con las cosas del teatro contaba por
quincenas); luego,prescindiendo de atractivos inútiles, dejó de
usar corbata y de teñirselos bigotes, y, por último, cayó en una
melancolía tan dramática para élcomo risible para los que le
rodeaban. Ratos había en que se quedabaembobado,
despachando automáticamente lo que le pedían, hasta que
lasevera y desapacible voz de Frasquita venía a turbar sus
arrobos confrases crueles.
—¿En qué piensas, burro?—solía decirle—; ¿te estás
acordando de aquellasinvergüenza? ¡Cochino!
Otras veces era más expresiva y humillante.
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