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Dulce y Sabrosa

monotonía de la vida, como esas ráfagas de airefresco que
interrumpen de pronto el bochorno asfixiante de un
díaabrasador.
Cristeta era un caso enteramente distinto. Sus encantos físicos
podíancalificarse de excepcionales. En estado normal era una de
esas beldadesserenas, de aspecto castísimo, en cuya
contemplación se deleita el alma;y luego, cuando menos podía
esperarse, aquella placidez y decoro dejabanel puesto a una
sonrisa picaresca, hija de una sensualidad mimosa ydulce,
natural y espontánea, que le resplandecía en los
ojosabrillantándole las miradas, o parecía florecer en la
humedad rojiza delos labios. Era imposible que su lenguaje
fuese muy escogido, porque noes dado usar términos elegantes y
frases primorosas a la que nace pobre,crece en una trastienda y
entra en la vida social por el proscenio de unteatrucho; mas, en
desquite de esta falta de atildamiento, en sus ideasse
transparentaba siempre un fondo de delicadeza y honradez
desentimientos, que la hacían en extremo simpática. Aun con
palabras malempleadas revelaba pensamientos sanos. Un clásico
hubiese dicho de ellaque era hermosa como Diana, amante como
Alcestes, compasiva comoAntígona, y, sobre todo, enamorada
como Cloe. Además, sin ser ignoranteni cándida, tampoco
resultaba sosa ni simplona: no creía que los niñosse encargan a
París, pero el altar de su pureza no había recibidoofrendas, y, su
misma reflexiva castidad le daba conciencia del valor delo que
podía perder. De todo lo cual colegía don Juan que no se
tratabade una mujer vulgar, buena para poseída una temporadita,
a quien sepudiese luego echar o devolver a la circulación como
se compra y revendeun caballo de lujo.
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