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Dulce y Sabrosa

—¡No sabes la impresión que me ha causado esa mujer! ¿Y tú
crees quenadie ha...?
—Eso dicen, aunque también le quitan mucho el pellejo. Yo
creo que eshonrada. Veremos hasta dónde llega tu buena
suerte..., y te advierto doscosas: primera, que no te propases a
ciertos atrevimientos, como cerrarla puerta del cuarto estando
solo con ella, y segunda, que te congraciescon el tío. Háblale de
Espartero, elogia a la milicia nacional, quemaincienso en honor
del difunto partido progresista. Por último, aunque teparezca
ridículo, enamórala por lo fino.
Cuando el que hizo la cita cervantesca y dio estos consejos a
don Juanentró con él en el cuarto de Cristeta, estaba ella vestida
a lo gitana,con falda de percal de mucho vuelo, pañuelo de
espuma al talle, rizos enlas sienes y moño bajo, hecho un jardín
a puras flores. El tío sentadoen un sillón gótico de guardarropía,
leía un periódico.
Luego de las frases usuales en toda presentación, el amigo dio
tres ocuatro noticias de teatros y, pretextando saludar a una
cómica, se salióal pasillo. Don Juan, fingiendo turbación, adoptó
la postura más decenteque pudo, como si estuviera en el salón
de una gran señora. Frente a élCristeta, recostada en un pequeño
diván, se entretenía en hacer nuditoscon el fleco de la pañoleta.
El tío, como de encargo, no chistaba. Yaiba don Juan a entablar
conversación, temeroso de que el traspuntellamase a Cristeta,
cuando ésta, por decir algo, dijo poniéndose en pie:
—¿Qué tal? ¿Resulta gitano el traje?
—Muy característico, muy típico...
Y calló, sin terminar la frase.
—Hable usted con franqueza.
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