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alma, la ocasión traidora que llegacuando menos se piensa; en
una palabra, todos los estimulantes del amor;en cambio, su
pensamiento estaba cerrado al interés. Un día de campo, unrayo
de sol o cuatro frases dichas a tiempo, podían hacer que
Cristetacayese trémula en los brazos de un hombre; pero quien
se arriesgase aproponerle crudamente la compra de sus labios,
los vería trocados enmanantial de indignación; el enojo de
Lucrecia fuera pálido comparadocon el suyo.
Sí: Cristeta era romántica, como casi todas las mujeres
españolas; y deigual suerte que en un aduar de negruzcos
gitanos se puede descubrir unniño sonrosado de pelito rubio y
rizoso; a semejanza del grano de oroque corre arrastrado entre el
légamo y las toscas piedras del río, asíen aquel teatrucho donde
toda obscenidad tenían su asiento, vivía ellacercada de ex—
vírgenes andariegas y mamás alquiladizas, esperando, no
elchocar de los centenes ni el crujir de las sedas, sino la voz de
unhombre que murmurase en su oído: «¡Quiéreme!»
Mujer que así pensaba no podía transigir con la perspectiva de
quedarsesin flor, exponiéndose a dar fruto que acaso no tuviese
dueño conocido.
Su entereza estaba además cimentada en otra base de
resistencia, acasomás salvadora que la misma castidad
romántica.
A poco de ingresar en el teatro observó Cristeta que a
cuantascompañeras suyas pecaban y se envilecían por codicia,
les salía erradoel cálculo. Hoy se entregaban a un calavera rico,
mañana a un señoritoachulado, tal noche a un marido ajeno, tal
otra a un pollancón estúpido;y total, alguna cena, algún traje,
desempeñar a costa de uno lo quehabía de lucir con otro, y a la

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