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Dulce y Sabrosa

En otra ocasión, don Juan hubiera castigado con un sopapo la
porterilarrogancia; pero en aquellos momentos no estaba para
provocarconflictos.
Dejando a su derecha el arranque de la escalera señorial,
lujosamentealfombrada, atravesó el patio, empedrado como para
espera de coches, ycomenzó a subir la otra humilde y estrecha
escalera que le indicaron. Lacontestación del portero le había
dejado confuso. ¿Qué significabaaquello? ¿Cristeta en piso
interior y con entrada miserable? ¿Cómo tangran dicha por tan
ruin camino? Tal vez el siervo enlevitonado hubieserecibido
discreta orden para enviarle por la escalera de servicio.
¡Ohmujer, cuán grande es tu prudencia que a todo atiendes y
remedias!
De pronto, en un descansillo, vio un niño jugando solito con
unas cajasviejas de fósforos; representaba, poco más o menos,
tres años, y separecía, como una gota de agua a otra gota de
agua, al chiquitín dequien iba Cristeta acompañada la tarde que
se la encontró en el Retiro.Creyendo reconocerle, pero
resistiéndose a dar crédito a sus ojos,pensó: «Parece imposible
que descuide al niño de este modo. No, no puedeser. ¿Cómo es
posible que esta criatura sucia, desarrapada y mocosa, seael
angelito vestido de encajes a quien vi en el Paseo de Coches?»
Subiólos seis tramos que le faltaban y tuvo que detenerse a
respirar. ¿Porcansancio? No. ¿Por miedo? Tampoco. Por
incertidumbre y turbación deespíritu. En su memoria flotaba una
frase preñada de misterios. Cristetale había dicho al separarse la
noche anterior: «... ¡resolucionesextremas!» ¿Qué pretendería?
En un segundo imaginó don Juan mil clasesdiversas de
resoluciones extremas. La fuga, el sud—expreso, el sleepingcar,
la ocultación en su propia casa, la vida errante por el
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