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Dulce y Sabrosa

vigorosamente evocados por el pensamiento, vienen a la
mentelos recuerdos: pasan muchas mujeres: don Juan las ve,
violenta suimaginación para acordarse de sus nombres y no
puede; porque si todas ledieron su cuerpo, ninguna le dejó la
dulzura del cariño en la memoria.La postrera de todas trae las
miradas impregnadas de amor, la bocaprometedora de besos,
pero al mismo tiempo sus labios murmuran unapalabra:
«Imposible». Es Cristeta. Don Juan, reconociéndola,
suplica,implora, ruega, grita, procura detenerla, y nuevamente el
fantasma sedisipa, dejándole en las manos la sensación de un
sudor frío y pegajoso.
*
* *
Suena el lento y ruidoso rodar de un carro; luego el
campanilleo de lasburras de leche; óyese a lo lejos el vocear de
un pobre vendedorambulante; y por los resquicios y rendijas del
balcón penetra, en hilosplateados, la clara luz del día.
Don Juan despierta y se arroja del lecho abajo, restregándose
los ojos.
Todo ha sido un sueño mentiroso. Es joven, está en su casa, no
ha matadoa nadie, y... a las dos le espera Cristeta; no en forma
de impalpablefantasma ni de fría escultura, sino en carne y
hueso, amante y cariñosa.Entonces, sacudiendo el sopor
morboso de la pesadilla, mira en torno. Loprimero que ve es la
ropa de viaje colocada sobre una butaca, y en unrincón el
mueblecillo donde la víspera guardó el dinero para huir conella,
robándosela al hombre misterioso sin rostro ni facciones.
Unnombre se le viene a los labios: «¡Martínez!» Esta es la única
tristezaindudable que pasa del sueño a la vigilia.
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