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Dulce y Sabrosa

Luego que hubo invertido la fabulosa cantidad en lazos,
cosméticos,afeites y menjurjes, pidió más, exigiéndolo con tal
imperio que donQuintín, de un lado sujeto al hechizo de su
Circe, y de otro confiado enque tenía por banquero a don Juan,
determinó ir a su casa y darle unfenomenal sablazo. Allí no fue
Troya, pero fue la gallina de los huevosde oro.
Después de urdir en su pobre entendimiento una mentira
burda,presentósele don Quintín diciéndole en sustancia que
Cristeta se lemostraba cada día más entera y rebelde; pero que él
había discurridomanera de amansarla y rendirla. Añadió que la
muchacha se habíaentrampado por gastar en ropas y galas
mucho más de lo que podía conarreglo a lo que su marido le
enviaba, llegando a deber a una modistahasta dos mil reales, por
lo cual él proponía a don Juan que éste leentregase dicha
cantidad para que satisficiese en su nombre la cuentapendiente,
rasgo con que ella se ablandaría, demostrándolo en
seguidaaceptando cita o acudiendo a entrevista.
Don Juan, avisado como estaba por Cristeta, le oyó sin hacerle
caso,comprendió que su amada era incapaz de dejarse influir por
una cuenta dequinientas ni de quinientas mil pesetas y, poniendo
cara de hereje a lapetición, negó en redondo el dinero. Entonces
don Quintín quiso alardearde franqueza, y le pidió lisa y
desvergonzadamente cuarenta durosprestados a cuenta de sus
futuras mensualidades como representante, conlo cual don Juan,
persuadido de que Cristeta tenía razón al exigirle queno le diera
un cuarto, también se los negó en pocas y desabridaspalabras,
sin alegar pretexto ni excusa. Tal hizo, primero porobediencia
de amante, y segundo, porque si de algo se convence pronto
elhombre es de que no debe dar.
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