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Dulce y Sabrosa

vanidad herida; pero a consecuenciadel almuerzo con don
Quintín, todo cambió. Ya no podía bastarle poseer aCristeta
como a una mujer cualquiera; quería saber si aún era amado
deella; aquilatar qué clase de afecto profesaba a su marido, o lo
quefuese; obtener pleno conocimiento del origen del niño; en
fin, salir dedudas. La frívola pertinacia del galanteador de oficio,
la tenacidadirritante del mujeriego afortunado, habían cedido el
puesto a móvilesmás serios. Lo que comenzó a guisa de vulgar
conquista, ibatransformándose en drama psicológico, sin
puñalada, pistoletazo, nicatástrofe, pero muy serio: acaso con su
catástrofe y todo, porque¿quién era capaz de prever las
complicaciones a que podría dar ocasiónel odioso Martínez?
Pero lo grave era que la mujer antes perseguida ydeseada sólo
por gentil y graciosa, se había trocado en hechiceraenigmática:
ya no era don Juan un temperamento atraído por la belleza,sino
una voluntad obstinada en descubrir el arcano que llevaba una
mujerdentro del pecho. Hasta el pecho ¡lo más hermoso del
cuerpo de Cristeta!se le olvidaba pensando en su corazón.
Tomó un piso entresuelo en cierta casa de un amigo suyo (la
calle,aunque céntrica, casi solitaria), y en cuatro días, a fuerza
de dinero ycon ayuda de don Quintín, hizo que le amueblaran un
precioso gabinetedonde todo era sencillo y de exquisito gusto.
La alfombra, clara; sobreuna mesita, una lámpara preparada, y
como adorno, muchas flores. Nohabía reloj, para indicar que
quien lo dirigió todo no quería tasado eltiempo. Por precaución
tenía la estancia puertas francas a escalerasdistintas, y en los
balcones visillos muy tupidos. Junto a la chimenease veía uno
de esos asientos llamados confidentes, dispuestos en formade
ese, donde una pareja puede mirarse rostro a rostro, llegando
tibioel aliento del que habla a la oreja del que escucha: para
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