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Dulce y Sabrosa

Hasta quedarse solo no sintió don Juan en toda su intensidad
eldisgustazo que acababan de darle.
Había en los razonamientos de don Quintín, o, mejor dicho, se
desprendíade ellos una consideración de muchísima fuerza.
¿Cómo se explicaba queCristeta, tan sentimental y delicada,
hubiese consentido en entregarse aun hombre como Martínez,
rico, pero vulgarote y ordinario? Don Juanrecordaba
perfectamente las repetidas veces en que Julia le habló de suamo
tratándole de grosero, basto y a la pata la llana. Pensándolo
bien,estas confidencias de la niñera podían servir de base a las
conjeturasen que ahora le hacían caer las frases del estanquero;
todo indicaba quesólo el interés, pero un interés poderosísimo,
había determinado laboda. Por otra parte, no siendo ella
codiciosa... ¿qué interés podíatener...? sólo el de regularizar la
falsa situación en que se hallase, oel ansia de asegurar el
porvenir del niño, si ya estaba camino delmundo.
«Este mamarracho de viejo—se decía—, es un sinvergüenza
capaz, pordinero, de hacernos el embozo de la cama...; pero
¡ella, ella! Ahora meexplico sus lágrimas, su miedo de acercarse
a mí, sus palabrastristes...; no puede menos de quererme. Y el
chico... ¿mío? ¡sabe Dios!;pero no es ningún imposible... y ese
señor Martínez... ¡anima!, aunqueno, puede que no esté sino
perdidamente enamorado, loco, ¿no ha de podertrastornarse otro
hombre si a mí me están dando ganas de llorar?»
*
* *
Aquella misma noche el estanquero refirió a su sobrina cuanto
habló condon Juan durante el almuerzo; pero puso gran cuidado
en callar todasaquellas sospechas que le hizo concebir
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