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Dulce y Sabrosa

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Don Juan volvió a su casa muy pensativo. Por la noche fue al
teatro, auna tertulia, al club, y con nada logró distraerse. En los
palcos, enlos salones, en el cuarto del tresillo, en todas partes
creyó tenerladelante de los ojos. Unos momentos le miraba
cariñosa, otros le sonreíaburlona; de pronto se le borraba de la
imaginación y surgía su propiafigura, la del mismo don Juan, en
actitud de ir a coger amorosamente lasmanos de Cristeta, que
ella retiraba esquiva. A la fingida visión queasí gozaban los
ojos, sucedía luego la ilusión de voces y palabrasconfusamente
recordadas: promesas, juramentos, ternezas; todo elinterminable
repertorio de frases deliciosas que el diablo inspira a losque van
a pecar, están pecando o acaban de pecar.
Casi de madrugada se acostó con un periódico en la mano,
según sucostumbre. Leyó y no entendió: letras, líneas, párrafos y
columnasbailaban trocando sus puestos y componiendo
estupendos disparates. «Hasido detenido por blasfemo... el santo
del día. CULTOS: en lasCalatravas... la Traviata» y otras
incongruencias por el estilo. Depronto, extendiendo el brazo,
mató de un periodicazo la bujía; despuéssu espíritu fluctuó largo
rato entre vigilia y soñolencia, y comenzarona borrársele las
ideas, sustituyéndose los antojos de lo soñado a lasimpresiones
de lo real.
E imaginó ver una figura de mujer hermosísima, que surgía de
entre unmacizo de plantas tropicales, intensamente iluminadas
por la batería delgas de un escenario, y envuelta en humo rojizo
de bengalas. Estaba mediodesnuda y circundada de resplandor
vivísimo, destacando las gallardaslíneas y el blanco bulto de su
cuerpo sobre un amplísimo manto rojo quele pendía de los
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