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Dulce y Sabrosa

El día en que don Juan vio a Cristeta en el Retiro, fue
domingo. Alsiguiente, hizo el viaje en balde: procuró distraerse
mirando yremirando a cuantas pasaban; mas en vano. Acaso no
faltasen en el paseomujeres guapas y elegantes, pero todas se le
antojaron cursis o feas. Lade bonitos pies, tenía el cuerpo
atalegado; la de cintura esbelta, eraantipática de rostro; la bien
vestida, horrible; la hermosa, iba hechaun adefesio. ¿Sería cosa
providencial? No, sino que él llevaba grabadaen el magín, como
única apetecible y codiciable, la que realmentedeseaba.
Entretanto, la maquiavélica Cristeta estaba solita en su
modestoalbergue de la calle de Don Pedro, diciéndose: «Hoy me
andará buscando.»
Martes. Hermoso día de otoño, aunque algo fresco. En el
Retiro muy pocagente: don Juan llega de los primeros, se cansa
de andar, se disgusta ysiente impulsos de volverse a casa. Por
fin comienzan a venir paseantes.A las cinco aparece Cristeta al
término de una alameda: traje, el mismodel día pasado; lleva al
niño cogidito de la mano y el coche les sigue acorta distancia.
Don Juan se adelanta, acorta la marcha, la deja pasar,la alcanza
y retrocede, todo sin dejar de mirarla. Ella, calmosa,serena,
impasible, como si no le conociera. Fue tan marcada
suindiferencia, que don Juan se dijo: «¡Tendría gracia que yo me
hubieseequivocado!» Pero tornó a mirarla y se convenció de que
era ella, lamisma, la propia Cristeta, que tantas veces le había
dicho: «¡Juan mío!»Poco le faltó para llegarse a ella y hablarla.
Por fortuna se contuvopensando: «¿Y si me pega un bufido y me
pongo en ridículo? No, todavíano.» Final, el mismo de la
primera vez. El coche se para, Manolito, queva en el pescante,
se quita respetuosamente el sombrero. Cristeta cogeal niño, lo
sienta, sube y desaparece sin que don Juan pueda sorprenderuna
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