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Dulce y Sabrosa

Por contera, se hizo rumboso, y no para su casa. No podía
regalar a suCirce piedras preciosas ni brocados; pero en la
medida de sus posibles,le compraba los diamantes americanos
por libras, y las telas de lanillapor kilómetros. En metálico le fue
llevando primero poco a poco, y enseguida mucho a mucho,
cuanto tenía ahorrado desde que vendió la primeratagarnina de a
tres cuartos, y luego dio en la flor de sangrar el cajónde la venta
diaria, dejándolo algunas veces sin cambio de dos pesetas.Si no
trasladó al sotabanco de Carola cuanto había en la trastienda,
fuepor considerarlo indigno de tan gran señora; pero la única
prenda lujosaque tenía Frasquita, un soberbio pañolón de Manila
poblado de chinos yguacamayos multicolores, pasó del cofre
marital al baúl del adulterio.Afortunadamente, la ultrajada
esposa tardó mucho en saberlo.
En el estanco no se comía más que sopa, cocido, ensalada, y
de postrefruta, cuando por barata hasta los soldados podían
comprarla. Latacañería de Quintín suprimió los buñuelos de
Todos los Santos, elbesugo de Nochebuena y los panecillos de
San Antón; en cambio para sudaifa, pavo y perniles se le
antojaban poco. Raro era el día que al ir avisitarla no le llevaba
alguna golosina; unas veces jamón con huevoshilados, otras píos
nonos rellenos de dulce crema, y en viéndolabostezar de
aburrimiento, que le parecía flato, bajaba de tres en treslas
escaleras para que del café cercano trajesen un bisté
sepultadobajo un cerrillo de patatas. Su mayor delicia consistía
en obsequiarlacon merengues, que luego ambos comían a
medias, mordiéndolos al mismotiempo por opuestos extremos,
hasta que, tropezándose las culpablesbocas, sonaban
escandalosos besos.
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