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Dulce y Sabrosa

surgíaen su pensamiento la imagen de Cristeta, única mujer que
al entregárselele había dado, al par del cuerpo, algo del alma.
Hubo antiguamente en tierra de Indias una princesa que
poseyendo unarenal extenso, quiso convertirlo en jardín. A
fuerza de gastar vidas deesclavos y talegos de monedas, pobló el
arenal de floresmaravillosamente raras cada una de las cuales
representaba un tesoro. Yocurrió, que estando un día la princesa
apoyada de codos en la barandade ágata que dominaba aquel
campo de colores vivos y movibles, vio unaflor sencillísima,
blanca y ligeramente sonrosada como mejilla pudorosa,que
había brotado espontáneamente sin costar una gota de sudor ni
unhilo de agua. Y desde entonces, por mucho que la princesa se
deleitaseen contemplar las flores que representaban vidas de
esclavos y montonesde riquezas, siempre se le iban los ojos
hacia la florecilla humilde,cuya semilla trajo el aire misterioso
de regiones lejanas.
Lo mismo le pasaba a don Juan. Las ropas casi impalpables
por lo finas,los perfumes más rebuscados, los corsés llenos de
encajes no conseguíandestronar de su memoria los lienzos que
envolvían a Cristeta, el naturalaroma de su limpio cuerpo y el
modesto corsé blanco que tanto les hacíareír, entre impacientes
y burlones, cuando se le hacía nudos latrencilla.
¡Misterio incomprensible! Las reminiscencias de don Juan no
eran castas,y, sin embargo, al desvanecerse y borrarse le dejaban
en el alma ciertaserena placidez; semejantes al humo que
cuando se alza de la tierra esvapor sucio, y que a veces acaba
por parecer en el espacio nuberesplandeciente y limpia.
Dos años y unos cuantos meses pasaron Cristeta y don Juan,
viviendo deesta suerte, cada uno por su lado.
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