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Dulce y Sabrosa

vencido y confesando que la casa Garcitola y suquiebra eran
pura embustería. Al mismo tiempo, y esto sí que era
grave,cuanto más dueño se hacía de Cristeta, más se asombraba
de no sentiramagos de hastío: indudablemente el amor de
aquella mujer era unbebedizo que en vez de calmar la sed, la
producía y excitaba. Por locual don Juan suponiéndose puesto
en ridículo ante sí mismo, se asustó yresolvió convencerse de
que no había degenerado, y de que estaba enpleno uso de su
libre albedrío. Entonces, rechazando como vergonzosa
laposibilidad de haberse enamorado, sacrificó su gusto al pícaro
amorpropio, y determinó huir cuanto antes de Cristeta, en cuyos
encantoscomenzaba a vislumbrar, no una conquista semejante a
sus anterioreshazañas, sino una red capaz de aprisionarle para
siempre.
*
* *
Eran las dos de la madrugada.
La bujía colocada encima de la mesa estaba a punto de
consumirse. Depronto el pábilo vaciló, cayendo sobre la
esperma liquidada, brilló unmomento con mucha intensidad, y
se apagó. Las tinieblas aminoraron elpudor de Cristeta y dieron
valor a don Juan.
Aguardábale ella con los brazos abiertos, cuando en vez de
recibir elbeso esperado, oyó la voz de don Juan que decía:
—Lo malo es que no tengo fósforos.
—Bueno... no hacen falta.
En vano siguió esperando el beso, prólogo de mayores
dulzuras.
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