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Dulce y Sabrosa

suimperio. Lo grave era que don Juan comprendía, no sólo que
le agradabala posesión y goce de los encantos de Cristeta, sino
que también lecautivaba su trato, carácter y conversación, y esto
es lo más peligrosoque respecto de la mujer puede acontecerle a
uno. Luego se imponía elrompimiento. El gusto que de ella y
con ella recibía, no era razón paraperpetuar el amorío. También
le gustaba el Borgoña, y, sin embargo, norenunciaba al Jerez;
comía con deleite las chochas y no prescindía delsalmón. ¿Por
qué, pues, había de limitarse a Cristeta, si su paladaramoroso
estaba en disposición de saborear infinitos manjares? La
pobremuchacha quedó condenada a olvido.
En seguida vino el excogitar procedimiento; y respecto de
éste, don Juancomprendió que se le imponían la dulzura y la
generosidad, casi lapiedad y la largueza. Era preciso portarse del
modo que causase en ellael menor daño posible: se había hecho
acreedora a todo miramiento. Lasbases que en su ánimo adoptó,
fueron las siguientes: primera, huirevitando toda escena triste y
enojosa, ya que, dado el carácter deCristeta, no había temor a
gritos, pelotera ni escándalo. Harto sabía élque Cristeta era de
las que lloran y no alborotan, sufren y no insultan.Esta misma
humildad le hacía más desagradable el abandono. Segunda
base:regalarle una cantidad de dinero de relativa importancia,
como obsequioa su ternura y en compensación del desengaño y
desperfectos causados.
En cuanto a la huida, no había dificultad: a las diez de la noche
pasabapor Santurroriaga un tren hacia Francia, y Cristeta no
volvía del teatrohasta las doce. Lo del dinero había que pensarlo
despacio, calculandobien el desembolso. No podía ser tan
cuantioso que delatando riquezadespertase codicia, ni tan pobre
que resultara mezquino; ¡eso no!Cristeta era el mejor libro de
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