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Dona Luz

—Venga esa carta de mi padre—dijo doña Luz con visible emoción.
Don Acisclo entregó la carta.
Ella rompió el sello, la sacó del sobre, y sin decir una palabra más sepuso a leer.
No iría mediada aún la lectura, cuando doña Luz, que comenzó a leersentada, se puso de pie
manifestando intranquilidad.
Don Acisclo, que lo observaba todo, receló algo malo al ver aquello, ydijo para sí:
«¡Diantre! Este marqués tenía el don de errar. ¿Si se habrá compuesto desuerte que todo lo de
la herencia venga a deshacerse como la sal en elagua? ¿Si encargará a su hija que traspase los
millones a otro sujeto?».
Mientras que D. Acisclo cavilaba, doña Luz, suspendida por un instantela lectura, cavilaba
también.
Una sonrisa arqueó suavemente los labios de doña Luz. Era el resultadode sus cavilaciones.
Don Acisclo lo tuvo por buen agüero.
Después doña Luz siguió leyendo la carta.
La sonrisa se fue acentuando cada vez más. Al cabo vino a convertirse enrisa algo burlona.
«Es curioso—pensó don Acisclo—. ¿Con qué chistes se descolgará ahorasu papá, a los doce o
trece años de muerto, para que ella se ría tanfuera de sazón?».
En esto, doña Luz acabó de leer la carta. Volvió a cavilar en silencio,que D. Acisclo no se
atrevió a interrumpir, y volvió a reírse un si esno es descompuestamente.
Como doña Luz era la compostura personificada, D. Acisclo se aturdió contan insólita risa.
Hubo un instante en que cruzó por el pensamiento de D. Acisclo que doñaLuz se reía sin duda
de que su padre le recomendase que le tomara a élpor administrador. Don Acisclo se enojó y se
enfurruñó un poco.
Doña Luz, sin embargo, en vez de enmendarse, siguió riendo, y terminópor prorrumpir en
sonoras carcajadas.
—¿Qué pasa? ¿Qué hay de tan gracioso para reír así?—dijo D. Acisclo.
Doña Luz no contestó, y rió con más violencia.
Su risa vino a tener muy alarmantes condiciones. Se conocía que era yaindependiente de su
voluntad: nerviosa, insana.
Ella se había guardado la carta en el seno.
Lo que pensaba, lo que infería de la carta era lo que la hacía reír.
Por último, D. Acisclo, viendo que la risa continuaba, empezó aasustarse.
El rostro de doña Luz se trastornó. Un paroxismo histérico bien marcadose apoderó de ella.
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