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Dona Luz

Rayaba ya D. Acisclo en los setenta años; pero estaba recio y bien desalud. Iba derecho como
un huso; era hombre ágil y enjuto de carnes; y,si no sabía más que leer y escribir medianamente
y las cuatro reglas, ysi jamás había leído un libro, tenía gran despejo natural, aunque
burdo.Jamás había turbado su conciencia con sutilezas morales. Así es que nole remordía, como
hemos dicho, de haber contribuido a la ruina delmarqués. Si se había aprovechado de ella mejor
le parecía que hubiesesido él que no otro. Mucho le hubiera dolido ver en manos extrañas
elcaudal de su amo. Poseíale, por lo tanto, de buena fe, con justo título,y hasta con y por cierto
sentimiento de veneración a la memoria deldifunto ilustre poseedor.
Esta veneración se extendía, o mejor dicho, se extremaba y llegaba a sucolmo, sin afectación
ni servilismo, cuando se trataba de la señoritadoña Luz, en quien, fascinado el viejo, creía
descubrir a un ser cuyosarcanos pensamientos, móviles y resortes de acción, apenas entreveía;
auna criatura rara e inusitada, de otra casta muy diferente de la suya, ycon la cual, sin embargo,
comía de diario y tenía la honra de compartirla vivienda.
-III-
De otras menudencias que la escrupulosidad del narrador no permite quepasen
en silencio
Constaba esta vivienda, como la de muchos otros ricos hacendados deAndalucía, de dos casas
contiguas, en comunicación: la de los amos y laque se llama siempre casa de campo, aunque esté
en el centro de lapoblación.
La casa de los amos no tenía más habitantes que D. Acisclo en unextremo, y doña Luz en otro,
con su vieja criada Juana, que dormía en uncuarto al lado del de su señora.
Había un gran comedor, otro comedor pequeño para diario y varios salonesde respeto, que no
se abrían sino en las ocasiones solemnes, y donde,entre otras preciosidades, D. Acisclo, sus
hijos, hijas, yernos ynueras, todos resplandecían retratados al óleo, de tamaño más quenatural, y
casi de cuerpo entero, por un pintor ambulante que acertó apasar por Villafría, y que llevó una
onza de oro por cada retrato.Verdad es que D. Acisclo le agasajó y trató a cuerpo de rey,
sentándolea su mesa todo el tiempo que tardó en pintarlos, lo cual fue obra decinco meses, y
luego, al partir, le hizo presente de mil chucherías,como, por ejemplo, de un pipotillo con
aguardiente de doble anís, deorejones secos y de alfajores y piñonate. Los retratos lo merecían
porlo parecidos. No les faltaba más que hablar. Las blondas que figurabanen los de las damas,
estaban algo confusas al principio; pero, cediendoa las quejas de las damas susodichas, el pintor
lo arregló con ingeniosoartificio. Untó en albayalde un pedazo de tul, le aplicó al sitio delcuadro,
ya seco, donde la blonda estaba representada, y resultó unefecto maravilloso, porque hasta los
agujeritos de la blonda se veían yaun podían contarse.
Todo esto era en el piso principal, donde había dos chimeneas, que allíllaman francesas, y que
no se encendieron sino cuando vino el obispo, enpleno invierno, y por poco se ahoga S. S. I. con
el humo que se armó.Pero en cambio había una magnífica cocina de señores, con chimenea
 
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