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Dona Luz

—Señora, un forastero quiere hablar con usía.
—¿Su nombre?
—Don Gregorio Salinas.
—No le conozco. ¿Qué facha tiene?
—Más bien buena que mala. Viene muy decentemente vestido, aunque deviaje. Se conoce que
acaba de llegar. Es chiquitín, regordete, coloradocomo una remolacha, y se sonríe como si
estuviese contento. Está, sinembargo, de luto.
—Mira, Juana, yo no tengo gana de recibir visitas. Dile que me duele lacabeza, que vuelva
otra vez si tiene algo importante que decirme, quehoy no recibo.
Juana salió a dar el recado, y volvió en seguida con una carta que pusoen manos de doña Luz.
—Don Gregorio Salinas—dijo Juana—, me acaba de entregar esta carta,asegurando que será
admitido en cuanto usía la lea. Dice que la carta essu credencial.
Doña Luz, no bien tomó la carta y miró el sobrescrito, se quedómaravillada. Reconoció la
letra de su padre.
La abrió precipitadamente, y miró la firma. Era de su padre también.
Leyó enseguida la fecha y vio que la carta estaba escrita hacía más dequince años.
La carta era lacónica. No contenía más que estas palabras:
«Querida hija: El portador de esta carta será don Gregorio Salinas,escribano de Madrid,
persona de toda mi confianza. Da entero crédito acuanto te diga; óyele y atiéndele; y acepta y
recibe sin el menorescrúpulo lo que te ofrezca y entregue».
—Que pase adelante ese caballero—dijo doña Luz.
Juana fue a buscarle, y D. Gregorio entró en la salita en que doña Luzestaba.
Después de los cumplimientos de costumbre, sentados doña Luz y su hastaentonces
desconocido huésped en cómodas butacas, habló éste, con reposoy como quien tiene mucho que
decir, de la manera siguiente:
—Ya sabe usía que me llamo Gregorio Salinas. Ahora soy escribano y noestoy mal de bienes
de fortuna. Hace ventiocho años era yo un pobreestudiante, sin una peseta en el bolsillo; pero, en
cambio, ni estabagordo, ni tenía canas, ni calva, ni arrugas, y las gentes afirmaban,perdone usía
la inmodestia con que lo recuerdo, que era yo un bonitomuchacho, listo y gracioso. Nada tiene
de extraño, por consiguiente, quese enamorase de mí una mujer del sobresaliente mérito de mi
Joaquina.Esta Joaquina es mi esposa, para servir a usía. Quiere mucho a usía y lemanda conmigo
mil respetuosas y cariñosas expresiones.
—Mil gracias—dijo doña Luz, interrumpiendo a don Gregorio—. Deje V.el tratamiento y
llámeme de usted, y perdóneme además si le digo confranqueza que aligere su cuento porque me
muero de curiosidad.
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