Not a member?     Existing members login below:

Dona Luz

Mientras pasaba esto en el ánimo de doña Luz, don Acisclo repartió entresus hijos o guardó
para sí los pocos y pobres objetos que el Padre habíadejado, y que más habían de conservar
como sagrada memoria que por elescaso valer que tuviesen.
En esta partición reservó D. Acisclo para doña Luz los pocos libros queel fraile poseía.
No ignoraba D. Acisclo que el padre estaba escribiendo una obra y hastapensó en que podría
él darla a la estampa, aunque hubiese quedadoincompleta. Buscó, pues, el manuscrito, le halló, y
considerando que lasdos únicas personas capaces de entender en el lugar aquello que élllamaba
una monserga eran D. Anselmo y doña Luz, y que D. Anselmo porser impío no apreciaría tan
bien la monserga como doña Luz, que eracreyente, no titubeó en llevar el manuscrito a doña
Luz, sin abrirsiquiera sus páginas, porque le estorbaba lo negro, como no fuesencuentas en que
él saliera ganando y con alcances a su favor.
Doña Luz recibió con veneración el manuscrito del Padre, y no bien D.Acisclo la dejó sola, le
abrió con ansiosa curiosidad y se puso aleerle. En su impaciencia hojeaba y recorría todas las
páginas,devorando al vuelo su contenido, procurando comprender el conjunto, ydejando para
después el leerlo todo con detenimiento.
A poco de hojear, dio doña Luz con las hojas sueltas. Su vista se fijóen ellas. El corazón le
dijo que algo de muy interesante encerraban.
Entonces las leyó con pausa, con interrupciones, con muy frecuentesinterrupciones, porque el
llanto se agolpaba en sus ojos y la cegaba yno le consentía que leyese.
En cada una de estas inevitables interrupciones, en voz baja como sitemiera ser oída, con las
palabras entrecortadas por los sollozos,exclamaba doña Luz:
—Era cierto. Era cierto. ¡Me amaba, Dios mío! ¡Cuánto, cuánto me amaba!
A lo último, más allá y después de lo que conocemos, la víspera de sumuerte, el P. Enrique
había escrito lo que sigue, que también leyó doñaLuz:
«Estas páginas, si no las rasgo o las quemo, irán indefectiblemente,después de morir yo, a las
hermosas manos de ella. Ya entonces no meavergonzaré de que ella sepa mi amor. Perdona,
Dios mío, mi nueva culpa.Quiero que ella le sepa. ¿En qué el saberlo podrá turbar la dicha y
lapaz de su noble vida? Ella me ha amado, ella me ama como un ángel ama aun santo, y yo la he
amado como un hombre ama a una mujer. Sería yohipócrita si no le revelase que no merezco su
amor angelical; que yo laamaba como ama un pecador. Es menester para mi eterno reposo que
ella meperdone por haber convertido en veneno el bálsamo y su afecto inocenteen incentivo
vicioso; por haber alimentado con la purísima luz de susojos este fuego del infierno que me
abrasa y que mancha lo limpio de suimagen que llevo grabada en el alma. A pesar tuyo, Dios
mío, a pesartuyo y en contra tuya, la llevo grabada con rasgos indelebles. Todo elbrío de mi
voluntad, toda la fuerza del cielo, todas las penas delinfierno no podrán arrancarla de allí. Doña
Luz y el amor de doña Luzviven vida inmortal en mi espíritu».
Al terminar la lectura, el dolor de doña Luz se hizo más agudo; laslágrimas acudieron más
abundantes a sus ojos; los sollozos parecía queiban a ahogarla; pero, como luce el iris entre las
nubes negras, unadulce sonrisa de triunfo y de gratitud por aquel amor, que sólo
perdónsolicitaba, brilló en los rojos y frescos labios de la gentil señora.
Remove