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Dona Luz

Y no podía haberla, porque doña Luz callaba toda razón ofensiva. No sesentía inclinada al
matrimonio. No amaba. Nadie manda en su corazón.Tales eran sus razones.
Alguien podría sospechar pero no probar su invencible repugnancia a todolo vulgar y plebeyo,
y el horror que de ella se apoderaba a la sola ideade poder un día tener un hijo que llevase su
ilustre apellido en pos deotro apellido oscuro y rústico de algún ricacho villano.
En suma: doña Luz, si no tenía esperanzas de casarse a su gusto, tampocotenía o dejaba
traslucir el menor deseo. Todo era en ella frialdadtranquila y contentamiento suave. En balde, el
peor pensado de loshombres se atrevería a buscar en sus actos, en sus palabras, en susademanes
y gesto, la más leve señal de que estuviese despechada.
Doña Luz no lo estaba en realidad. Había tomado enérgicamente su partidoy había trazado de
antemano la senda de su vivir. Las frases burlonas dequedarse para tía o para vestir imágenes
no hacían mella en su firmey acerado corazón, ni podían violentarla ni inclinarla a aceptar
maridocon el solo fin de no llegar a solterona.
Varias parientas ricas, que tenía doña Luz en Sevilla y en Madrid, lahabían invitado a que se
fuera a vivir con ellas: pero, o bien porqueasí fuese en verdad, o porque doña Luz lo sospechaba,
las invitacioneshabían sido más que de corazón por cumplimiento. Además, doña Luz
seconsideraba muy pobre para su clase, y no quería ser gravosa, ni vivir aexpensas de otros y en
una especie de dependencia próxima a laservidumbre. Había, pues, rehusado todas las
invitaciones. Su plan eravivir y morir oscuramente en Villafría.
La misma impureza de su origen, el vicio de su nacimiento, la humildecondición de su
desconocida madre, obraban por reacción en su ánimo ycasi convertían su orgullo en fiereza.
Para limpiar aquella manchaoriginal, quería ser doña Luz mucho más limpia y mucho más pura.
No quería pordiosear ni deber nada a nadie.
Conservaba sin vender su casa solariega del lugar con sus antiguosmuebles y dos criados. Si
no vivía en ella, pensaba vivir más tarde, obien porque don Acisclo podría faltar, o bien porque
ya, entrada ella enaños, nadie podría extrañar que viviese sola.
Entretanto, vivía doña Luz en el caserón de don Acisclo, donde teníaholgada e independiente
habitación, y donde había traído, paraadornarla, sus más bonitos y preciosos muebles y sus libros
mejores.
En pago de esta hospitalidad, hacía aceptar a don Acisclo, por más queéste se había resistido,
más de la mitad de sus rentas, o sea 8.000reales al año. Con lo restante, como era económica y
arreglada, tenía losuficiente para vestirse, comprar algunos libros nuevos y hacerlimosnas.
El único lujo, el único regalo de doña Luz, era un magnífico caballonegro, en el cual solía ella
salir a paseo con D. Acisclo o con uncriado llamado Tomás, que había envejecido en el servicio
de su padre.
Don Acisclo estaba viudo hacía muchísimo tiempo. Tenía dos hijos y treshijas, todos casados
y con casa aparte, de modo que, en la soledadanchurosa de aquel inmenso caserón, doña Luz y
D. Acisclo se daban mutuacompañía.
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