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Dona Luz

Llegó, por fin, el día en que se celebró la boda sin el menor aparato.El cura D. Miguel casó a
doña Luz y a D. Jaime. Sólo fueron testigos ose hallaron presentes D. Anselmo, Pepe Güeto y su
mujer, don Acisclo ydos de sus hijos, un íntimo amigo de don Jaime, venido para ello de lacorte,
coronel de caballería, y llamado D. Antonio Miranda, y loscriados de la casa de D. Acisclo.
El P. Enrique fue también testigo de la boda. Su fuerza de voluntadtriunfó de todos los
obstáculos. Estuvo impenetrable. Nadie hubierapodido sospechar que aquel tranquilo y alegre
testigo de la boda era elmismo que había escrito, pocos días antes, las apasionadas palabras
queya hemos leído.
El P. Enrique no se olvidó de nada. Habló a doña Luz con el mismo afectode siempre y a D.
Jaime con la más amable cordialidad.
No quiso tampoco ser menos que Pepe Güeto y doña Manolita, dejando dehacer un presente.
Sus medios no alcanzaban para comprar joyas, ni éllas poseía; pero conservaba aún, a pesar del
regalo hecho a D. Acisclocuando vino de Filipinas, varias armas japonesas, chinescas e
indias,con las cuales se podía formar una bella panoplia, y un extraño ídolo debronce que
representaba al dios Siva. Este fue el presente que hizo elpadre Enrique a don Jaime para que
adornase su despacho.
El P. Enrique se había venido a vivir en casa de su tío la víspera de laboda, dejando libre la
casa de doña Luz, donde ésta se fue a vivir consu marido en cuanto se casó.
La luna de miel empezó entonces para doña Luz, no menos dulce y más porlo sublime que la
de su amiga doña Manolita. Con el trato y laconvivencia, lejos de menguar la estimación que
tenía ella a don Jaime,se aumentó de continuo, descubriendo doña Luz en su marido o
creyendodescubrir nuevas prendas de entendimiento y de carácter.
Sea efecto de la educación o de la naturaleza, lo cierto es que mientrasal hombre, por lo
general, le enoja saber que su mujer, su novia o suquerida ha tenido otros amores, a la mujer le
encanta y enamora mássaber que su marido o su amante los tuvo. Y esto por recatada que ellasea
y por celosa que se muestre. En una mujer son las prendas que máslas honran la honestidad y el
recato; en un hombre el entendimiento y elvalor. De aquí que hasta la doncella más religiosa y
moral, lejos demostrar repugnancia por su futuro cuando entrevé que ha sido hombre delas que
llaman ahora buenas fortunas, se entusiasma, se encapricha ose apasiona más por él.
Las tales buenas fortunas dan testimonio para ella del mérito delgalán que tan amado ha sido;
prestan mayor valor a que el galán se hayaenamorado de ella, pues que la ha preferido entre
muchas a quienes podíarendir o tenía ya rendidas; y hasta parece como que da a ella una
misiónalta y moralizadora y lisonjera, a saber: la de apartar a su amante, envirtud de superiores y
más puros atractivos, de la senda algo extraviadaque antes seguía, de darle la jubilación en su
empleo de seductor y detravieso, y de convertirle en inofensivo, sosegado y juicioso padre
defamilia.
La buena educación, las leyes rígidas del decoro, las que se designancon el nombre o frase
francesa de conveniencias sociales, noconsienten que un galán se jacte de sus pasadas conquistas
ante la mujerhonrada a quien pretende o a quien ya enamora y posee; pero estasconquistas, no
reveladas por él y sabidas por ella, contribuyenextraordinariamente a que el amor de ella suba de
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