Not a member?     Existing members login below:

Dona Luz

-XVII-
La boda
Don Jaime, entre tanto, había traído para la novia un hermoso traje, ycollar y pendientes y
broche muy ricos de diamantes y perlas. Doña Luzno pudo menos de reprenderle por esto. Tildó
su excesiva generosidad dedesatino, de imprevisión y de censurable despilfarro. Ella misma
sintiócomo remordimientos de ser causa de aquel gasto ruinoso; pero losremordimientos de doña
Luz iban mezclados con una dulzura grandísima, alreconocer ella en aquel gasto la más
irrefragable prueba de amor. Lascensuras severas, que su buen juicio le dictaba, salían de sus
labiosneutralizadas ya por la sonrisa y por la blanda languidez del acento conque las profería, y
acababan de perder todo su valor, convirtiéndose enapasionadas muestras de gratitud, merced a
las miradas cariñosas con quelas acompañaban sus ojos.
Doña Luz distaba mucho de ser vana, y distaba más aún de ser codiciosa.No la movía el
interés; no la deslumbraba el brillo del oro y de lapedrería. Lo que la encantaba era la locura
misma que D. Jaime hacía porella, el desprendimiento generoso y el sacrificio desmedido
querepresentaba aquel regalo, en proporción a la fortuna de D. Jaime.
El regalo, pues, si ya no hubiese estado doña Luz tan prendada, hubieraacabado de enamorar y
seducir su corazón.
Doña Luz, que se creía dotada de un instinto infalible para adivinar porel rostro la índole de
las personas, había fallado desde luego que D.Jaime era franco y generoso. El regalo la
corroboró en su buen concepto.
Don Acisclo, cauteloso y prudente, no bien había sabido que doña Luztrataba de casarse,
aunque conocía con certeza el nacimiento, laposición y los bienes de D. Jaime, propuso a doña
Luz que él pediríainformes acerca de la conducta del novio. En sentir de D. Acisclo, eramenester
saber si en Madrid había dejado relaciones amorosas, si erajugador o calavera, si tenía algún hijo
natural y otros pormenores porel estilo.
Doña Luz contestó que le indignaba tal espionaje; que su amor a donJaime era la mayor
garantía del valor de D. Jaime: que si ella dudase deél no le amaría; y que amándole, ella misma
se ultrajaba, dudando de él.
Don Acisclo oyó estas y otras razones que le parecieron enrevesados yabsurdos tiquis-miquis;
no hizo de ellos el menor caso; y escribió ypidió informes a varios sujetos muy conocedores de
todo en Madrid. Lossujetos respondieron concordes que D. Jaime era un varón discreta
yaltamente morigerado; que no tenía ni había tenido relaciones que lecomprometiesen; que no
jugaba, o que si jugaba, no perdía; y, en cuantoa los hijos, que lo único que podían asegurar es
que no habría ningunoque pidiese a don Jaime que le reconociera por tal, dándole su
nombre,pues ya ellos, si existían, tendrían el suyo cada uno.
Se guardó muy bien D. Acisclo, aunque palurdo, de referir a doña Luz, entodas sus cínicas
menudencias, el resultado de sus investigaciones; perono quiso ocultarle que las había hecho, y,
lleno de júbilo, se complacióen declarar a doña Luz que casi había venido a averiguar que D.
Jaimeera un dechado de virtudes.
 
Remove