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Dona Luz

»Hubo en mi afecto por esta mujer una serenidad y una limpieza hartoengañosas. Me la fingí
etérea, fantástica; intangible, como deben serlos ángeles; inasequible, durante la vida mortal,
como es el cielo. Hoy,cuando pienso que va a caer en brazos de un hombre, en balde lucho
porapartar de mí las imágenes que mi fantasía me traza y presenta. Antescreía admirarla con un
sentimiento a manera del sentimiento del arte,desinteresado, exento de fin y de utilidad y de
deleite, que en él noestuviera. Y hoy veo que sus labios piden besos y los van a dar, y quetodo su
gallardo cuerpo no está sólo destinado a la especulativacontemplación, con la inmóvil e
impasible tranquilidad de la estatua,sino a que el alma enamorada palpite y se estremezca en
todo élhaciéndole mil veces más bello y deseable.
»¡Dios mío! ¡Qué envidia! ¡Qué ira! ¡Qué tempestad de malas pasionesconmueve mi corazón!
¿Por qué no acabas con mi infame y miserable vida?¡Ay!... la muerte... la muerte... antes de que
llegue el día en que secasen».
El escritor tranquilo y crítico procura poner y cuando tiene habilidadpone en sus escritos lo
mejor de su alma.
Allí se mira él luego, y se deleita mirando su interior belleza. Por elcontrario, el escritor
apasionado se alivia escribiendo, como si lanzasefuera de sí la ponzoña que le corroe y mata.
Escritor de esta última clase, en la presente ocasión, el P. Enriquedepositó en el papel, con el
desorden que hemos visto, sus más negros yenvenenados pensamientos. Hizo luego un violento
esfuerzo sobre sí, y sequedó relativa y aparentemente tranquilo.
Tenía colgado de la pared un Cristo de marfil, clavado en una cruz deébano, y de rodillas ante
él, rezó y pidió perdón de sus pecados y delas blasfemias y maldades que acababa de escribir a
fin de libertarse deellas y de no volver a pensar en ellas, si era posible. El Padre pedía aDios un
milagro: olvidarla, dejar de amarla, que Dios hiciese de suerteque él viniese a entender que no
era a doña Luz a quien había amado,sino a un fantasma parecido a doña Luz, cuyo bulto
nebuloso se sustraíaa todo abrazo corporal, cuyo corazón no latía más vivo al sentirseestrechado
por otro, cuyos labios no besaban ni cedían comprimidos porlos besos de otros labios, y cuyos
pies, en suma, no tocaban este bajosuelo.
Como quiera que fuese, o ya por dolor de que no cupiera en lo probabletan raro milagro, o ya
por fervor religioso que suavizaba sus amargaspenas, el P. Enrique vertió dos lágrimas que
bajaron con lentitud porsus mejillas descarnadas.
Después, como hombre acostumbrado a vencerse, con gran dominio sobre sí,y en extremo
vergonzoso de todo acto que ofendiese la dignidad de supersona, el Padre se calmó, compuso su
semblante, procuró darle laexpresión habitual, y empezó desde entonces a trabajar para
aparecerimpasible y sereno hasta el mismo instante en que doña Luz y D. Jaime sediesen el sí al
pie del altar y recibiesen la bendición del sacramentoque para siempre había de unirlos.
Lo escrito en las hojas sueltas lo guardó el Padre dentro del libro dela nueva apología, y lo
encerró bajo llave en el cajón de su bufete.
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